01 noviembre 2009

Cuéntame


No soy un gran amante de la televisión. Desde niño, la prensa escrita y sobre todo la radio, ocuparon mi cupo de tiempo libre correspondiente a medios de comunicación. Pese a esto, que duda cabe, que ha habido programas y series que me marcaron temporalmente; desde Daniel el Travieso y Campeones cuando niño, a El día después poco más tarde, sin olvidar la primera edición de Gran Hermano y alguna que otra de Operación Triunfo -que no pasa nada por confesarlo-, aunque de las últimas no pueda citar un solo concursante, sin duda fruto de la manía que les fui cogiendo paulatinamente a ambos inventos, sobre todo al programita de la Milá.
Soy algo adicto a las series españolas -pocas veces me enganché a una que no lo fuese- y entre estas fui y soy asiduo espectador de las que casi todos. Pero si hay una que bajo ningún concepto consiento perderme semana tras semana y de la que me declaro seguidor incondicional -creo que desde su segunda o tercera temporada- esa es Cuéntame como pasó. Fijaos cómo será la cosa que hasta tengo la colección completa de capítulos sacada por el diario El Mundo hace no mucho tiempo.
Mis amigos y las personas más cercanas a mi entorno lo saben y les encanta bromear con ello, pero para quienes no lo conocieran realizo la advertencia: qué nadie ose molestarme lo más mínimo en jueves de temporada Cuéntame a partir de las diez. No tengo tiempo más que para los Alcántara, mis guías por una España que nunca conocí.

05 octubre 2009

Qué mejor homenaje...


Hace unos cuantos meses recibí a través de Facebook la noticia de que se estaban recogiendo firmas para dedicar una calle a nuestro querido Antonio Garmendia. Ni que decir tiene que rápidamente me uní a la propuesta. Pocos días después cancelé mi participación en dicha red social, donde -dicho sea desde el respeto y el reconocimiento a la labor de los ideólogos de la iniciativa- mi presencia encajaba casi tan poco como aquella del maestro en Nueva York, de la mano de su amigo Carlos Herrera. Mi granito de arena estaba puesto.
Para los que amamos las cosas de Sevilla, Garmendia siempre ha sido un referente. No sólo por el hecho de que pronto le observamos como cronista y fedatario de aquellos asuntos de nuestro interés, sino por dar a conocer los mismos a través de un estilo único y personal, cargado de gracia e ironía, y barnizado de una fina elegancia que le hacen precursor de las formas que, en ciertos textos y circunstancias que se prestan a ello, utilizan hoy algunos de los mejores periodistas locales.
Aunque cualquiera que le viera pudiera pensar lo contrario, don Antonio era Sevilla pura. Su ciudad soñada se encerraba en aquellas misteriosas libretas que, acompañadas de bolígrafos multicolores, paseaba por las más clásicas tabernas del centro, de cuyo paisaje urbano llegó a convertirse en figura imprescindible. Ajeno a toda oficialidad, Garmendia fue un cofrade excepcional. Su peculiar forma de escribir de cofradías quedó ampliamente reflejada en las páginas de nuestro periódico, principalmente en las de los especiales de Semana Santa, con los que colaboró activamente hasta pocos días antes de su muerte, el miércoles de Feria de 2007.
Lo fácil, porque además es cierto, sería decir que Garmendia se merece una calle en la ciudad que amaba por su prolífica labor como escritor y colaborador de periódicos y revistas locales; e incluso por esa habilidad admirable que le hacía capaz de escribir romances lo mismo a un pavía que a su cofradía de Santa Cruz. Pero, más allá de todo esto, me uno a la reciente apreciación del también colaborador de Casco Antiguo Paco Correal: la calle de Garmendia es “una calle para quien calle era”. Pues eso, qué mejor homenaje...

Sirva este artículo, que hace sólo unos días vio la luz en las páginas de Casco Antiguo, como homenaje al amigo Lacava, alumno aventajado de esa escuela creada por don Antonio donde la gracia, la guasa y la elegancia se dan la mano, algo bien complicado. No tardes en volver, porque de que lo harás estoy seguro.

19 septiembre 2009

Don Luis Rey


Sabrán por la prensa de la muerte -días atrás- de don Luis Rey Romero, director de mi colegio entre 1977 y 1997; veinte años en los que se integran los ocho inolvidables en que fui alumno de San Francisco de Paula (1986-1994). Por ello -y pese a que desde hace doce su puesto es ocupado por su hijo-, el bueno de don Luis siempre fue para mí y para todos los excelentes amigos que en el colegio hice "nuestro director".
En la triste hora de su fallecimiento, mucho se ha descrito por parte de antiguos alumnos y numerosos periodistas su impagable labor docente, científica y si me apuran -por encima de todo- humanística; y es que don Luis, más allá del brillante hombre de ciencias, era un profesor culto y sensible, capaz de apreciar y destacar algo tan sencillo y cotidiano como la forma de leer en voz alta de un niño recién iniciado en esas lides.
Hoy, más de dos décadas después de aquello, a ese niño, que nunca fue su alumno de forma directa y que apenas cruzó con él cuatro o cinco palabras pese a verlo a diario por patios y pasillos durante muchos años, no se le ocurre otra forma de homenajearle que dándole las gracias. Dándole las gracias por mantener, durante su etapa al frente de San Francisco, la esencia de difícil explicación que hizo del nuestro un colegio diferente, mucho más allá de los resultados destacados de sus alumnos y de la organización de actividades pomposas...

14 agosto 2009

Tres retablos agosteños


Sevilla, 5 de agosto de 2009: Noche cerrada y calurosa. Oscuridad absoluta. Por el patio de la Facultad de Bellas Artes resuenan versos de un poeta nacido en San Lorenzo. Acabamos de visitar por vez primera su tumba, en el Panteón de Sevillanos Ilustres, donde nos hemos topado –entre otras muchas- con la de la Fernán Caballero (escalofríos a sabiendas de sus apariciones fantasmagóricas por aquellos lugares). No sólo las musas y la mejor literatura romántica se dan cita en la que fuera vieja Universidad a lo largo de la hora y cuarto de espectáculo, también lo hace mi habitual reflexión en torno a lo mucho que me hace disfrutar el teatro y las pocas oportunidades que tengo de acudir. Además, por si fuera poco, la experiencia me ha animado a redescubrir a Bécquer en estas largas tardes estivales.
El Puerto de Santa María, 7 de agosto de 2009: Va cayendo lentamente la noche sobre la que los cursis y el impresentable de su empresario gustan llamar ahora “Plaza Real”. A Morante le acaba de pegar una cornada en el muslo un sobrero colorao de Mari Carmen Camacho con el que estaba impregnando del barroquismo más puro la templada brisa gaditana. Hasta el traslado a la enfermería es una estampa antigua y llena de sabor en este torero de la Puebla. Le llevan en volandas auxiliares y compañeros, entre los que se esconde El Juli vestido de calle. “Santa Marta taurina” ha titulado mi amigo Ernesto Naranjo –su autor- a la curiosa estampa. Dentro operan al torero artista; fuera Manzanares da una lección de temple y de valor sin aspavientos. Tío José vuelve a hablar desde su azulejo de la Puerta Grande...
Sevilla, 12 de agosto de 2009: Visión lejana de la Virgen en su palio de tumbilla desde Mateos Gago, donde hemos parado a refrescarnos. Como cada año, gustamos de acudir una noche al final de la Novena. Ya no se abren todas las puertas de la Catedral y el movimiento de los abanicos es más intenso. Acaba el culto tras el canto del Himno; la Reina de Reyes recoge las plegarias de todo el que se acerca hasta sus plantas. Hay una señora junto al Altar Mayor, cubierta por un velo negro, que le reza desde la distancia. Otras tantas se acercan al vicario general que, ropajes sobre el brazo, acaba de salir de la sacristía; le preguntan por qué no ha hablado el cardenal aún estando presente. Si no fuera por esos horribles cordones de seguridad que acaban de abrir todo lo descrito se podría situar en las naves catedralicias de la Vetusta de Clarín.
Mañana es 15 de agosto. El Blog de Pregonero cumple tres años de existencia.

22 julio 2009

Carmen de San Gil


Por aquello de que sale un Domingo de julio: día de playa, toros en El Puerto o en su defecto de aire acondicionado en Villa Alfalfa; nunca la incluí entre esa colección de Vírgenes de Gloria con las que tengo una cita ineludible año tras año. Pese a todo, siempre que acudí a verla, me cautivó por su humilde belleza y sencillez.
Este año, la novedad de la ráfaga -que en mi opinión le resta personalidad- y "la autoridad" del barrio de la Feria (a la que cualquiera deja sin ver un paso de intramuros) me hicieron buscarla a la caída de la tarde. La encontré en una de esas revueltas macarenas cuyas calles nunca llegas a recordar como se llaman, y pude disfrutarla plenamente en Relator y en la anchura y el sabor a barrio del Pumarejo. Había sido larga la ausencia, pero sólo divisar a lo lejos la sevillanía y el sabor a viejas Madrugadas de su altos candelabros me hizo revivir glorias pasadas.
La tarde suele ser asfixiante, ya se sabe que de Virgen a Virgen las calores son más calores, pero si pueden no se la pierdan de aquí a que pase un año y vuelva recorrer su universo cercano. Pocas procesiones de Gloria más auténticas y atemporales que la suya podrán encontrar ya.

08 julio 2009

San Fermín 2001


Desde niño, por estos días, tengo una sana costumbre compartida con varios amigos y que a otros les cuesta asimilar. Aún sin tener por qué madrugar entresemana (no es el caso de este año ni de otros muchos) mi despertador suena bien temprano, sábado o domingo inclusive, para disfrutar de los encierros de San Fermín.
La retransmisión de Televisión Española (desde el pasado año me he pasado a la de Cuatro) me hizo familiarizarme durante toda una década, no sólo con los anuncios publicitarios navarros o sanfermineros, sino también con el conjunto de viejas calles de una ciudad norteña -Pamplona- que, aunque sólo fuese por servir de marco a esos encierros con los que, año tras año, arrancaba para mí la temporada veraniega, deseaba conocer.
A veces los sueños se cumplen. Pasada la Feria de 2001, un amigo y compañero en el grupo joven de las Penas nos sorprende diciendo que contamos con alojamiento gratuito para San Fermín en un piso de chicas estudiantes situado en la mejor zona de la ciudad, muy cerca de la Universidad de Navarra. Recién terminados los exámenes de primero de carrera, allá que nos fuimos el 6 de julio -día del chupinazo-, con los sacos de dormir, lo justo de ropa en la mochila y un bocata para el tren a cuestas, en un Talgo camino de Zaragoza. Tras un breve paseo por la capital maña, llegamos a Pamplona, a bordo de otro tren lleno de cafres, en la anochecida del primer día de las fiestas.
Apenas sobrepasamos las 48 horas allí (el dinero no daba para más), malcomimos y de dormir ni hablamos. Pero, casi sin esperarlo, tuvimos el honor de disfrutar del ambientillo que rodea al encierro y sus preliminares y de las tardes de charanga por el centro, mientras en la plaza se celebran las corridas de toros. La noche, todo sea dicho, se vivió también, pero no me resultó especialmente recomendable. Parecía increíble, pero estábamos formando parte de lo que tantos años llevábamos viendo por la tele, mañana tras mañana, de primeros de julio.
Hace poco, por tuenti, vimos algunas fotos de aquellos días inolvidables. Casi irreconocibles, con menos kilos, más pelo y lo que es peor, con sólo veinte añitos, nuestras caras en la calle Estafeta con el pañuelico rojo al cuello reflejaban la felicidad de estar viviendo algo histórico. Es difícil volver, y más aún hacerlo en las condiciones -mucho más cómodas y pretenciosas- en que uno desearía hacerlo ahora. Nunca se sabe... Al menos, mis cinco amigos y yo, siempre podremos decir que estuvimos en Pamplona durante los Sanfermines de 2001.
Nota a posteriori: a Daniel Jimeno, que se dejó la vida en el encierro del 10 de julio de 2009, tras ser corneado en el cuello por el toro 'Capuchino', de Jandilla.


04 julio 2009

No soporto el verano


Desde que tuve uso de razón nunca fuimos muy amigos. Mis recuerdos veraniegos se vinculan a las clases particulares, el estudio matinal de las asignaturas pendientes y a las tardes largas y soporíferas, a Dios gracias, desde lejanos tiempos, refrescadas por uno de los mejores inventos del mundo: el aire acondicionado.
El Club Naútico y alguna que otra noche de tapitas por zonas de Sevilla que durante el resto del año no frecuentaba, me hacían esperar con ilusión determinados días del tiempo del aburrimiento y "la caló". La Antilla, Rota, El Puerto, Cádiz o la Costa del Sol, solían poner el contrapunto, nunca excesivos días, a aquellas jornadas tan distintas a las acostumbradas durante el curso. Hoy de la playa me gustan pocas cosas más que los paseos por la orilla del mar y los baños en la atardecida; los mediodías de sol sobre la arena constituyen para mí uno de los peores tormentos cotidianos y hace algún tiempo que los evito.
Actualmente los veranos me sirven para reflexionar; ordenar ideas; y soñar buenos propósitos, que a veces cumplo y otras veces no. Ni que decir tiene que, más últimamente en que mis cursos contienen otras ocupaciones además de la carrera, también me sirven para estudiar; eso sí, espero que no por muchos más que éste y acaso el que viene. Las tardes ya no me aburren tanto como en los viejos tiempos: leo; escribo; navego por internet buscando alguna escapada taurina agosteña; organizo sobre organizado mis archivos -que es la forma que tengo de llamar a mis papeles, recortes, recuerdos y asuntos sevillanos y no sevillanos-; y casi a diario, a la caída de la noche, suelo salir con Ana a tomar algo, o simplemente a pasear. Al contrario que me ocurre en las tardes de Feria o en las mañanas tempranas de los domingos, la soledad de las calles los fines de semana veraniegos me deprime. Me choca ver esquinas, barrios, bares, que en invierno son un hervidero humano tan vacíos.
En definitiva, no soporto el verano. Por mucho que me insistan sigo sin encontrarle ningún encanto a vivir chorreando en sudor o encerrado en un aire acondicionado. Menos mal que, cuando el sol se esconde, ella -recién salida del tirador añejo de cualquier "templo" de obligada visita- cura todos mis males.