
No soy un gran amante de la televisión. Desde niño, la prensa escrita y sobre todo la radio, ocuparon mi cupo de tiempo libre correspondiente a medios de comunicación. Pese a esto, que duda cabe, que ha habido programas y series que me marcaron temporalmente; desde Daniel el Travieso y Campeones cuando niño, a El día después poco más tarde, sin olvidar la primera edición de Gran Hermano y alguna que otra de Operación Triunfo -que no pasa nada por confesarlo-, aunque de las últimas no pueda citar un solo concursante, sin duda fruto de la manía que les fui cogiendo paulatinamente a ambos inventos, sobre todo al programita de la Milá.
Soy algo adicto a las series españolas -pocas veces me enganché a una que no lo fuese- y entre estas fui y soy asiduo espectador de las que casi todos. Pero si hay una que bajo ningún concepto consiento perderme semana tras semana y de la que me declaro seguidor incondicional -creo que desde su segunda o tercera temporada- esa es Cuéntame como pasó. Fijaos cómo será la cosa que hasta tengo la colección completa de capítulos sacada por el diario El Mundo hace no mucho tiempo.
Soy algo adicto a las series españolas -pocas veces me enganché a una que no lo fuese- y entre estas fui y soy asiduo espectador de las que casi todos. Pero si hay una que bajo ningún concepto consiento perderme semana tras semana y de la que me declaro seguidor incondicional -creo que desde su segunda o tercera temporada- esa es Cuéntame como pasó. Fijaos cómo será la cosa que hasta tengo la colección completa de capítulos sacada por el diario El Mundo hace no mucho tiempo.
Mis amigos y las personas más cercanas a mi entorno lo saben y les encanta bromear con ello, pero para quienes no lo conocieran realizo la advertencia: qué nadie ose molestarme lo más mínimo en jueves de temporada Cuéntame a partir de las diez. No tengo tiempo más que para los Alcántara, mis guías por una España que nunca conocí.




